A veces me parece que mi Dios me haya engañado.
Hace cuatro años y medio que volví de la América Latina
le dije a Él
que ya no vaya a viajar sola.
Ni de vacaciones.
Pero mi Dios me trajo a Laponia, al norte de mi país.
Me hizo trabajar, esforzarme, ser valiente.
Sola.
También poquito a poco
me hizo viajar de nuevo,
hasta de vacaciones.
Hace un par de semanas recibí la bendición en una iglesia local.
Nos enviaron para viajes misioneros,
a una pareja
y a mí.
Sola.
Hace unos días escribí mi carta de noticias,
como la escriben los misioneros.
Pero yo la escribí y la firmé sola.
La firma aquella me hizo pensar en que mi Dios me haya engañado.

Pero al acercarse estos viajes, estos cambios grandes,
también me acuerdo de cuan rica soy.
Me acuerdo de que no solamente tengo a estos amigos aquí,
a esta gente queridísima a mi lado,
sino que tengo mucho más.
Amigos, hermanos, familia en todas partes.
Allí donde ya estuve,
allí donde estoy por ir.
Aquí también.
Mi Dios sigue siendo bueno.
Sigue siendo fiel.
Con Él y con esta gente mía,
esta gente queridísima,
jamás voy a estar sola.
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